Abrimos una red social y empezamos a deslizar. Una persona está de viaje, otra acaba de conseguir un trabajo, alguien enseña su entrenamiento, su cuerpo, su pareja, lo que ha comido o aquello que acaba de comprarse. Puede que ninguna de esas publicaciones tenga nada que ver con nosotros y, sin embargo, podemos terminar utilizándolas como referencia para valorar nuestra propia vida.

Compararnos con otras personas no apareció en las redes sociales. Forma parte de nuestra manera de interpretar quiénes somos y dónde nos encontramos. Lo que sí han cambiado las redes es la cantidad de personas a las que podemos observar, la frecuencia con la que lo hacemos y, sobre todo, el tipo de información con la que podemos terminar comparándonos.

¿Por qué nos comparamos con los demás?

La comparación social lleva décadas estudiándose en psicología. En términos generales, utilizamos información sobre otras personas como una de las referencias que nos permite evaluarnos. Podemos compararnos en multitud de dimensiones: nuestro cuerpo, nuestros estudios, el trabajo, el dinero, nuestras relaciones, el deporte que hacemos o prácticamente cualquier característica que consideremos relevante. Y no todas las comparaciones tienen la misma dirección.

Cuando nos comparamos con alguien a quien percibimos como superior a nosotros en una determinada dimensión hablamos de comparación social ascendente. Por ejemplo, comparar nuestro rendimiento deportivo con el de alguien que consideramos más entrenado o nuestro cuerpo con el de alguien que se aproxima más al ideal estético que tenemos interiorizado. También puede producirse una comparación social descendente, cuando utilizamos como referencia a alguien que percibimos en una situación inferior en aquello que estamos evaluando.

Esto no significa que una sea siempre perjudicial y la otra beneficiosa. Una comparación ascendente puede, por ejemplo, proporcionar información o resultar motivadora en determinadas circunstancias. Su efecto depende de qué estamos comparando, quién es nuestra referencia, cómo interpretamos la diferencia y de nuestras propias características y circunstancias. El problema aparece cuando la comparación contribuye repetidamente a que nuestra propia realidad sea percibida como insuficiente.

Esto adquiere especial importancia cuando hablamos del cuerpo. Un metaanálisis que reunió 156 estudios encontró una relación entre una mayor tendencia a la comparación social y mayores niveles de insatisfacción corporal. Además, esta relación no era exactamente igual en todos los grupos estudiados. Las redes sociales no inventaron este proceso psicológico. Pero sí han creado un escenario especialmente interesante para que ocurra.

¿Qué ocurre cuando esa comparación pasa a las redes sociales?

Durante gran parte de nuestra vida, las personas con las que podíamos compararnos procedían principalmente de nuestro entorno o de los medios de comunicación. Las redes han ampliado enormemente ese escaparate.

Ahora podemos observar en pocos minutos a amigos, conocidos, desconocidos, deportistas, modelos, creadores de contenido o celebridades. Y cada publicación puede ofrecernos una nueva referencia con la que evaluar algún aspecto de nosotros mismos. Pero hay otra diferencia fundamental: aquello que vemos no constituye una muestra aleatoria de la vida de los demás.

En una red social podemos decidir qué momento fotografiamos, cuál de todas las fotografías publicamos, desde qué ángulo, qué dejamos fuera de la imagen y qué parte de nuestra vida compartimos. Existe, por tanto, un proceso de autopresentación: seleccionamos qué información sobre nosotros mismos mostramos a los demás. Eso puede generar una asimetría curiosa.

De nuestra propia vida conocemos prácticamente todo: los días normales, aquello que no conseguimos, las fotografías que no nos gustan, las discusiones, los entrenamientos que salen mal, el aburrimiento, las inseguridades y las horas en las que aparentemente no ocurre nada. De otra persona podemos recibir únicamente algunos segundos cuidadosamente seleccionados. Por eso, dos realidades que parecen comparables pueden contener cantidades de información completamente diferentes.

La investigación está empezando a distinguir precisamente entre simplemente «usar redes sociales» y cómo las utilizamos. En adolescentes, por ejemplo, un mayor énfasis en la autopresentación, la búsqueda de feedback y la comparación social ascendente se ha relacionado con mayores síntomas de ansiedad y depresión. Estudios longitudinales han encontrado también asociaciones pequeñas entre el aumento de este tipo de comportamientos y el incremento posterior de esos síntomas.

El cuerpo ideal: ¿con qué nos estamos comparando realmente?

Fotografías de moda, entrenamiento, alimentación, belleza o estilo de vida pueden exponerse repetidamente a determinados tipos de cuerpos. Cuando ciertos rasgos aparecen una y otra vez asociados a belleza, éxito, disciplina, atractivo o salud, pueden contribuir a construir y reforzar ideales de apariencia: representaciones de cómo se supone que debería ser un cuerpo deseable. Y podemos acabar utilizando ese ideal como referencia para evaluar el nuestro.

Persona sentada frente a un espejo en el que observa una imagen idealizada de sí misma
Imagen sintética de carácter ilustrativo. Podemos comparar nuestra experiencia completa con una selección de experiencias ajenas.

La evidencia disponible muestra que no solamente importa cuánto utilizamos las redes. El contenido al que estamos expuestos también importa. Un metaanálisis que reunió estudios experimentales y longitudinales encontró que la exposición a imágenes de redes sociales que representaban ideales de apariencia producía un efecto negativo moderado sobre la imagen corporal en los experimentos analizados. Los estudios longitudinales mostraron una relación negativa mucho menor entre el uso general de redes y la imagen corporal.

Esto permite hacer una distinción importante: no es lo mismo hablar de utilizar redes sociales que hablar de exponerse repetidamente a contenido centrado en una apariencia idealizada.

Pero todavía existe otra cuestión. La imagen que utilizamos para compararnos puede no representar siquiera cómo se ve habitualmente el cuerpo que aparece en ella.

Una fotografía puede modificarse digitalmente: eliminar imperfecciones de la piel, alterar volúmenes, modificar proporciones corporales o faciales, cambiar luces y sombras o aplicar filtros. La investigación sobre modificación digital y redes sociales ha estudiado precisamente cómo estas imágenes idealizadas y alteradas pueden relacionarse con la imagen corporal. Incluso advertir explícitamente de que una imagen ha sido modificada no parece eliminar de forma consistente sus efectos sobre la satisfacción corporal.

Una fotografía no necesita estar editada para ser una representación extraordinariamente seleccionada de un cuerpo.

La postura puede cambiar visualmente las proporciones. Podemos contraer determinados músculos, modificar la posición de la pelvis, colocar las piernas o los brazos de una determinada manera, controlar la respiración, buscar una iluminación concreta o elegir un ángulo desde el que determinadas características sean más o menos visibles. Después podemos hacer veinte, cincuenta o cien fotografías y publicar solamente una. Todo aquello que aparece en esa fotografía puede ser real y, al mismo tiempo, no representar cómo se ve ese cuerpo durante la mayor parte del tiempo.

Eso convierte algunas comparaciones en algo especialmente desigual: podemos estar comparando nuestro cuerpo relajado, observado desde múltiples ángulos y durante todos los momentos del día, con la fotografía más favorable de otro cuerpo tomada durante una fracción de segundo. Y saberlo racionalmente no necesariamente hace desaparecer la comparación.

En un experimento con mujeres jóvenes, añadir a fotografías idealizadas mensajes de las propias usuarias reconociendo que su apariencia no era completamente representativa no redujo la insatisfacción corporal ni hizo que las participantes se compararan menos con esas imágenes. La comparación puede ocurrir aunque sepamos que aquello que estamos viendo está seleccionado.

Esto importa porque la evidencia acumulada empieza a mostrar una relación bastante consistente. Un metaanálisis publicado en Body Image, que reunió 83 estudios y 55.440 participantes, encontró una asociación moderada entre una mayor comparación social en redes y mayores preocupaciones relacionadas con la imagen corporal. También encontró una asociación con síntomas relacionados con los trastornos de la conducta alimentaria y una relación inversa con una imagen corporal positiva.

Eso no significa que mirar una fotografía editada vaya a provocar necesariamente insatisfacción corporal ni, mucho menos, un trastorno de la conducta alimentaria. Significa que la comparación relacionada con la apariencia parece ser uno de los mecanismos relevantes para comprender la relación entre determinados contenidos de redes sociales y nuestra imagen corporal.

La perfección no termina en el cuerpo

La apariencia es solamente una de las cosas que podemos seleccionar antes de publicar. También podemos elegir enseñar el viaje y no los meses en los que no viajamos; una cena con amigos y no un sábado solos en casa; un ascenso y no los trabajos que nos rechazaron; el entrenamiento que salió bien y no los días en los que no entrenamos; una fotografía de pareja y no una discusión.

Ninguna de esas publicaciones tiene por qué ser falsa. El viaje ocurrió. La cena ocurrió. El ascenso ocurrió. El problema aparece cuando una sucesión de momentos reales pero seleccionados empieza a percibirse como una representación completa de la vida de otra persona.

Podemos acabar comparando nuestra experiencia completa con una selección de experiencias ajenas. Y cuanto mayor sea la distancia que percibimos entre aquello que observamos y nuestra propia situación, más posibilidades existen de realizar una comparación ascendente: ellos tienen más éxito, son más felices, tienen mejores relaciones, viajan más, entrenan más, comen mejor o parecen estar haciendo constantemente algo interesante.

Las propias redes pueden añadir información que parece confirmar esa valoración mediante seguidores, comentarios, visualizaciones o «me gusta». Sin embargo, tampoco deberíamos asumir que estas métricas tienen siempre el mismo efecto. En un experimento con 220 mujeres universitarias, por ejemplo, las imágenes asociadas al ideal de delgadez aumentaron la insatisfacción corporal y facial frente a imágenes de cuerpos medios, mientras que el número de «me gusta» no modificó la insatisfacción corporal ni la comparación de apariencia, aunque sí produjo diferencias en la insatisfacción facial.

Es un buen ejemplo de por qué necesitamos evitar explicaciones demasiado sencillas. No existe un único elemento de las redes responsable de cómo nos sentimos. Interactúan el contenido, nuestra interpretación, aquello con lo que nos comparamos, nuestras características personales y el contexto en el que nos encontramos.

Entonces, ¿las redes sociales nos hacen daño?

Sería tentador terminar todo lo anterior concluyendo que las redes sociales son perjudiciales para nuestra salud mental. La evidencia científica no permite hacer una afirmación tan sencilla.

Encontrar una asociación significa que dos variables aparecen relacionadas; no demuestra automáticamente que una haya provocado la otra. Esto es especialmente importante en estudios transversales, en los que diferentes variables se miden en un mismo momento.

Por ejemplo, si encontramos que las personas con mayor insatisfacción corporal realizan más comparaciones relacionadas con la apariencia en redes, pueden existir distintas explicaciones. La comparación podría contribuir a aumentar esa insatisfacción, pero también es posible que una persona previamente preocupada por su cuerpo preste más atención al contenido relacionado con la apariencia y se compare con mayor frecuencia. Ambos procesos podrían incluso retroalimentarse.

Los experimentos y estudios longitudinales ayudan a aproximarnos mejor a estas relaciones, y existe evidencia experimental de que determinados contenidos idealizados pueden afectar negativamente a la imagen corporal. Pero eso sigue sin significar que todas las redes, todos los contenidos o todas las personas respondan de la misma manera.

También existen diferencias individuales. La edad, el género, la imagen corporal previa, nuestra tendencia a compararnos, aquello que consideramos importante, el tipo de contenido que consumimos y la manera en la que utilizamos las plataformas pueden modificar nuestra experiencia.

Una revisión y metaanálisis reciente de 143 estudios que reunió datos de más de un millón de adolescentes encontró asociaciones positivas pero pequeñas entre distintas medidas de uso de redes sociales y síntomas internalizantes como ansiedad y depresión, además de una elevada heterogeneidad entre estudios.

Las redes tampoco son exclusivamente un espacio de riesgo. Pueden permitirnos mantener relaciones, encontrar comunidades, expresarnos, acceder a información o entrar en contacto con personas con experiencias similares. En jóvenes, organismos de salud pública reconocen precisamente esa combinación de posibles beneficios y riesgos y señalan que los efectos pueden variar según las características de la persona y el contenido al que está expuesta.

Por eso, quizá la pregunta más útil no sea simplemente cuánto tiempo pasamos delante de una pantalla. También podemos preguntarnos qué estamos viendo durante ese tiempo y qué referencia estamos utilizando para valorarnos.

No podemos saber qué existe fuera del encuadre de cada fotografía. Tampoco conocemos necesariamente cuántas imágenes se hicieron antes, cuánto se modificó la que estamos viendo, qué postura se adoptó para conseguirla o qué estaba ocurriendo en la vida de esa persona antes y después de publicarla.

Una fotografía, un vídeo o una publicación pueden enseñarnos un momento real. Pero un momento no representa necesariamente un cuerpo entero, una relación entera ni una vida entera.

Compararnos forma parte de nuestra manera de entendernos y no necesitamos convertir cada comparación en algo que debamos evitar. Pero sí podemos aprender a reconocer qué estamos utilizando como referencia.

Porque antes de concluir que nuestro cuerpo, nuestra vida o nuestros logros deberían parecerse más a aquello que tenemos delante, quizá merece la pena recordar algo: nos estamos comparando con lo que podemos ver, no necesariamente con todo lo que existe.

Fuentes

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